LA RIOJA

Si preguntamos en la calle qué es lo primero que se te ocurre cuando decimos la palabra Rioja, sin lugar a dudas la respuesta será “vino”. Pero La Rioja es mucho más que vino: es historia, arte, literatura…

Los viñedos forman parte del paisaje riojano. Todo a nuestro alrededor son cepas que el otoño empieza a teñir de colores ocres, mientras vemos los tractores acarreando las últimas uvas de la vendimia. Es el principal cultivo del territorio y el vino es esa cara amable que les permite ser conocidos en todas partes. Pero La Rioja es también la cuna de una lengua escrita que ya no es el latín y que llamamos romance español. Tenemos que recordar a Gonzalo de Berceo, primer poeta en lengua castellana que, desde el monasterio de S. Millán de la Cogolla, escribía: “Quiero fer una prosa en roman paladino/ en qual suele el pueblo fablar con so vezino/ can no son tan letrado por fer otro latino”.

La Rioja ha sido tierra de fronteras, de cruce de caminos. Tras las tribus primitivas llegaron los romanos y luego los musulmanes. Reconquistada pasó a formar parte del Reino de Navarra. En 1076 la conquista Alfonso VI de León, y, a su muerte, volvió a Navarra. En 1176 los reyes de Navarra y Castilla sometieron sus diferencias al arbitraje de Enrique II de Inglaterra, que dictaminó que el territorio riojano se convirtiera en tierra de frontera de Castilla. Por su alejamiento del centro de poder, este terminó pasando a los López de Haro, señores de Vizcaya. En 1833, con la división de España en provincias por Javier de Burgos, se la incluye, con el nombre de Logroño, en la región castellana hasta que se constituyó como comunidad autónoma.

El río Ebro cruza estas tierras a lo largo de ciento veinte kilómetros, y como dice el romance” Un paisaje de meandros/ se observa en las rinconadas/ de Briñas, Haro y Briones/ de Cenicero y Labarca”. Desde Logroño fluye entre la frontera de La Rioja y Navarra. Siete afluentes forman otros tantos valles, con distintos climas y tipos de suelo que propician unas condiciones magnificas para el cultivo de la vid.

Nos alojamos a la entrada de la ciudad de Haro y esta va a ser nuestra primera visita. Situada en lo alto de un cerro, acumula una larga historia, desde un castro al que los romanos llamaron “castro bilibium”. Alfonso VI de León hizo donación de la villa a D Diego López de Haro. En el S XIV pasó a poder de los Trastamara, hasta que, en 1430, Juan II de Castilla la donó a Fernández de Velasco, con el título de Conde de Haro y que mantuvo el señorío hasta las Cortes de Cádiz. La reina María Cristina le concedió el título de ciudad. Desde principios del S XIX empezó a despuntar como un importante centro de producción vinícola, a lo que ayudó que la plaga de filoxera arrasara los viñedos franceses. Esto propició que los agricultores franceses se instalasen en esta comarca por tener unas características similares y aportasen sus técnicas y conocimientos en la producción del vino. La prosperidad económica trajo consigo avances técnicos. El tren llegó en 1880 y, diez años más tarde, la luz eléctrica poco después de que llegase a París y Londres. El barrio de la Estación reúne gran número de bodegas centenarias con nombres muy conocidos. En 1901, la filoxera también atacó las vides de aquí que fueron sustituidas por cepas más resistentes.

El corazón de esta ciudad es la plaza de la Paz, una hermosa plaza que preside un edificio neoclásico, del arquitecto Ventura Rodríguez con un reloj en lo alto, que alberga el ayuntamiento. En un lateral el Palacio Bendaña, de estilo plateresco. En el centro un templete para la música. Subiendo una pequeña cuesta nos dirigimos a la iglesia de Santo Tomás, con una mezcla de estilos. Una portada plateresca da paso a una nave renacentista, a una cabecera gótica, un retablo y un órgano barroco. Hacemos una visita guiada disfrutando de la belleza de este templo declarado Monumento Histórico- Artístico. Siguiendo nuestro paseo podemos contemplar otros palacios de magnifica apariencia, en los que una burguesía adinerada deja sus señas de identidad: Palacio de los Salazar, entre plateresco y herreriano; Palacio de los Condes de Haro, barroco; Palacio de los Tejada, rococó, Convento de S Agustin…Todos ellos bien conservados y utilizados para distintas actividades: oficinas de información turística, entidades bancarias, teatro, hoteles, talleres municipales. Y muchas casas modernistas. Las referencias al vino las tenemos en distintas estatuas y murales que vamos encontrando. Y, para terminar la visita, nada mejor que descansar un rato en una de las terrazas que animan la plaza de la Paz, a pesar de que la tarde ya ha refrescado bastante y sopla el cierzo. Pedimos vino que nos sirven en unas magníficas copas de cristal.

Continuando nuestro paseo hasta el aparcamiento donde nos espera el autobús, vemos pequeñas plazas y jardines, cuidados y limpios, que hacen la ciudad muy acogedora.

 

Santo Domingo de la Calzada donde “cantó la gallina después de asada”, según una leyenda que cuenta de un peregrino ahorcado por un delito que no había cometido y encomendado, por sus padres, a Santo Domingo, volvió a la vida. Cuando se lo comentaron al Corregidor este respondió que eso era tan cierto como que iba a cantar la gallina asada que se estaba comiendo. En ese momento la gallina saltó cacareando. Desde entonces un gallinero, dentro de la catedral, alberga una gallina y un gallo.

Este pueblo surgió como hospedería de la mano de Santo Domingo, para atender a los peregrinos, antes de entrar en Castilla. En 1098, el santo colocó la primera piedra de una iglesia que luego sería colegiata y, más tarde, elevada a catedral cuando se instaló aquí el obispo de Calahorra, al ser conquistada esta por los musulmanes. Una vez reconquistada, el obispo volvió a su sede, pero Santo Domingo no perdió su catedral. Esta es un producto de las corrientes artísticas que discurrieron por la ruta jacobea: románico, gótico, barroco… La torre, barroca, se encuentra exenta al edificio. Inicialmente eran dos torres pegadas a la catedral. Una fue destruida por un rayo y la otra se derrumbó, erosionada por el agua de un arroyo. Por eso se levantó otra en terreno más consistente. En el interior de la catedral, aparte del gallinero, llama la atención la tumba de Santo Domingo, con un templete tardo gótico y cerrado con una preciosa reja. Vemos sus capillas con sepulcros de diferentes personajes relacionados con el lugar, el retablo mayor y un hermoso coro, platerescos. En el claustro una exposición con gran interés: entre ellas obras del Greco y Gregorio Hernández, pinturas flamencas… Un hermoso nacimiento de estilo italiano y una curiosa reproducción de un pueblo con figuras de playmovil.

Recorremos el pueblo donde existen numerosas casonas con escudo. Unas restauradas y utilizadas para hostelería y servicios públicos. Otras, abandonadas y donde sus, en otros tiempos, hermosas puertas hoy permanecen selladas por las telas de araña. Como va siendo hora de descansar un rato recalamos en el Parador, antiguo hospital del S XII, donde, a la sombra de sus arcadas, nos tomamos unas cervezas. Algunas de nuestras compañeras de viaje se inclinan por visitar las pastelerías y proveerse de “ahorcaditos”, el pastel típico.

Por detrás de la catedral salimos a la Plaza de España, una gran plaza, cerrada en su parte norte por la muralla construida en el S XIV. Aquí nos encontramos el Ayuntamiento edificado sobre los soportales que daban cobijo a los comerciantes que acudían a las ferias y mercados. Un arco de medio punto da acceso a la única puerta de la muralla que se conserva.

 

Laguardia, en la Rioja alavesa. Considerado uno de los pueblos más bonitos de España, encaramado en un altozano donde sus murallas encierran una villa con sabor medieval. Fundada por el rey Sancho Abarca de Navarra para defender la frontera sur de su reino. Sancho VI la elevó a categoría de villa, lo que atrajo a numerosos comerciantes, artesanos y labradores. Sancho VII el Fuerte la amuralló.

Cinco puertas dan acceso, ahora peatonal, a su interior. Tres calles estrechas y alargadas nos muestran numerosos edificios con varios siglos de existencia, cuyas fachadas, renacentistas y barrocas, lucen hermosos escudos que hablan de un pasado ilustre. En la Plaza Mayor, en el edificio del ayuntamiento, un reloj de carillón da las horas con los bailarines que representan un grupo de danza.  En el extremo norte, al final de la calle Mayor, la joya de la iglesia de Santa María de los Reyes.  Entramos por un pórtico discreto que nos da paso a un espacio oscuro. Al encenderse las luces nos encontramos con una espectacular portada gótica, en piedra policromada. Durante la explicación de los detalles la luz va enfocándoles. Las numerosas esculturas, con rostros que transmiten sentimientos, demuestran la maestría de sus autores Este pórtico, por sí solo, justifica la visita a Laguardia.

Seguimos caminando y, en el extremo sur del pueblo, otra iglesia, la de S Juan Evangelista, templo fortaleza, con una portada románica y el resto gótico.

Por una de las puertas salimos a un mirador desde el que contemplamos el valle, cubierto de viñedos. Es tan hermoso el paisaje que nos retiene largo rato, tratando de captarlo con nuestras cámaras. La industria del vino y el enoturismo, son las principales fuentes de riqueza. Todo el cerro está horadado para alojar ancestrales bodegas que proporcionaran los buenos vinos que servirán en los bares del pueblo, cuyas terrazas hoy están llenas de turistas. Buscamos un hueco entre ellos para no marcharnos sin degustar alguno de los caldos que esconden esas bodegas bajo nuestros pies.

Al abandonar la villa, nos damos cuenta que, sobre todas las puertas de la muralla, un cartel desea “paz a los que llegan/ salud a los que habitan/ felicidad a los que marchan”. Y así nos vamos felices de las horas que disfrutamos entre las viejas piedras, con aromas de vinos y la belleza del entorno.

 

Logroño. Por ella pasa el Ebro y el Camino de Santiago que lleva a los caminantes a hacer un alto en la Plaza de la Oca y beber en la Fuente del Peregrino. Si miramos el suelo de esta plaza tiene dibujado un Juego de la Oca, que dicen fue creado por los templarios, en el S XII, y es una representación del Camino de Santiago con significados ocultos, solo conocidos por ellos.  A un lado de la plaza, la iglesia de Santiago presidida por un enorme Santiago Matamoros.

Nos enseña la ciudad Pilar, una guía fabulosa que, con toques de humor, nos va mostrando los monumentos y dándonos referencias de sus habitantes más ilustres. En nuestro deambular por la ciudad vieja hacemos una parada en la iglesia de S Bartolomé, con una torre mudéjar y una espléndida fachada gótica del S XIV. Seguimos nuestro caminar hasta Santa María del Palacio, con su aguja piramidal del S XIII, un hermoso retablo manierista y la imagen románica de Santa María la Antigua. Una placa, en la pared de una casa, nos dice que allí vivieron los hermanos Elhuyar, inventores del Wolframio. A esta ciudad también pertenecen el matemático Julio Rey Pastor, el cantante Pepe Blanco y Manuel Jalón (ingeniero y militar), inventor de la fregona.

Llegamos a Santa María de la Redonda, concatedral que comparte sede episcopal con Calahorra y Santo Domingo de la Calzada. Tiene dos torres barrocas y está situada en la plaza del Mercado, donde en 1610 se celebró un auto de fe en el que quemaron seis mujeres, que por su saber fueron acusadas de brujas. Esta plaza se abre a la calle Portales, llamada así por los soportales en la parte sur. Llena de tiendas y cafés, sirvió de escenario para la película Calle Mayor (1956), de Bardem, considerada la mejor de este director. Al final de la calle, una gran chimenea nos recuerda que allí existió una fábrica de tabaco. Cerró en 1978.

Logroño, ciudad llana, limpia y ordenada, donde se come bien, se bebe mejor y se deambula de maravilla. En el Paseo del Espolón, su corazón verde, el general Espartero desde un imponente caballo, recuerda que hubo un tiempo en que la historia de España pasó por sus manos. Aquel hombre fue el alma del liberalismo progresista del S XIX, duque de la Victoria, dos veces presidente del Consejo de Ministros y regente de España. En su vejez se retira a Logroño y al amparo de las riquezas de su mujer, Jacinta Martínez de Sicilia. Muere en 1879 y es enterrado en Santa María la Redonda. El que fue su domicilio, un palacete barroco, en la plaza de S Agustín es, actualmente, el Museo de la Rioja.

El obligado paseo por la “ruta de los elefantes” (porque todo el que entra sale con trompa y a cuatro patas) que discurre por la famosa calle Laurel donde disfrutar de sus vinos y tapas. Por cierto, que el nombre de la calle procede de los ramos de laurel que se situaban en la puerta de los prostíbulos que, antiguamente, abundaban por allí.

 

Briones. Al igual que otros muchos pueblos de La Rioja está situada en un cerro, cortada casi en vertical por su parte norte. A sus pies discurre el Ebro, formando un meandro. Esta villa estuvo bajo dominio árabe hasta finales del S IX. Cuando Alfonso VI se apoderó de La Rioja y Briones pasó a ser señorío de los Haro, permaneciendo desde entonces en el ámbito del Reino de Castilla.

El autobús nos deja en la parte baja y hay que subir una buena cuesta hasta el centro del pueblo, que nos deja sin aliento. En lo alto nos esperan viejas casas señoriales, como La Casona, de quinientos años y considerada el edificio civil más antiguo de La Rioja. Un palacete barroco es la sede actual del Ayuntamiento. Al fondo de la plaza Mayor la magnífica iglesia de la Asunción. Nada más entrar en ella ves el imponente órgano del S XVIII, con una caja en estilo rococó de tonos azules y dorados. El templo es de estilo gótico isabelino y renacentista. Los tonos azulados se repiten en distintos lugares de la iglesia, incluida la puerta principal, por ser el color de María. El retablo mayor es de comienzos del XVII, todo el con relieves de la vida de la Virgen. Una monumental escalera abalaustrada da acceso al coro. Retablos, soberbias rejas de hierro, cantorales en pergamino, relicarios, tallas en diferentes estilos y de gran maestría… Una joya dentro de este pequeño pueblo.

Paseamos bordeando el exterior de las murallas que nos permite contemplar, una vez más, un paisaje de viñedos y el discurrir lento del rio. Una parte de este recorrido se llama “Cerca de las 40”, porque desde ese lugar se divisaban cuarenta iglesias. Los lugareños dicen que si rezas allí te haces acreedor de cuarenta días de indulgencias. En los restos de la torre del homenaje del antiguo castillo de Briones, una escalera de caracol permite llegar a su parte superior. Algunas compañeras de viaje, a las que todavía les quedaba resuello, no quisieron perderse la oportunidad de disfrutar de las hermosas vistas del valle, cuando el sol ya declinaba.

En los alrededores de Briones se alza el Museo Vivanco de la Cultura del Vino, el mejor del mundo en su género. Desafortunadamente, no pudimos visitarlo. Sin embargo, no podíamos dejar de conocer una bodega. Lo hicimos con la de Ramón Bilbao, una de las más importantes de Haro. Allí nos mostraron todo el proceso de elaboración del vino, desde la llegada de las uvas a la bodega. Finalizamos la visita con una degustación de dos vinos acompañados de unas tablas de embutidos y quesos. Siempre es interesante saber que trayectoria trae esa botella que llega a nuestra mesa.

Es la hora de abandonar La Rioja, pero no debemos hacerlo sin un recuerdo a dos escritoras nacidas aquí y que la historia dejó sepultadas bajos los nombres de sus maridos: María Lejarraga, autora de numerosas obras que fueron firmadas por Gregorio Martínez Sierra, y María Teresa León cuya obra quedó oscurecida por la exuberancia y el brillo de Rafael Alberti.

De regreso nos desviamos hasta Lerma, provincia de Burgos, para visitar la exposición de “Las edades del hombre”, con el título de “Angeli”, un recorrido, a través de tres iglesias, por la iconografía religiosa que representa a los ángeles a lo largo de la historia. Algunas, ante tanto ángel, optamos por recorrer el mercado instalado en la gran Plaza Mayor, cuyos puestos exhibían una llamativa y olorosa variedad de frutas y hortalizas e ir a tomar un café al fantástico Parador, antiguo palacio del Duque de Lerma y valido del rey Felipe III.

Se acabó el viaje y al contarlo, desde mi mesa mientras la lluvia arrecia, recuerdo las palabras de Gonzalo de Berceo, que escribía “bien valdrá, como creo, un vaso de buen vino”

Luz Iglesias- octubre 2019